jueves, 30 de septiembre de 2010

Harto ya de estar harto...
Un chico es muerto de un balazo en la espalda en Benavidez, después de que las ratas (¿es inapropiado llamarlos así?) que lo tuvieron cautivo como a un perro, le dijeran que el padre había pagado el rescate y que se podía ir.
Dicen que los gritos del padre al verlo, cuando llegó al lugar donde su hijo estaba tirado, se escucharon a doscientos metros.
Lo índices de los crímenes cometidos en lo que va del año no contemplan estos detalles nimios. Parece que no hay de qué preocuparse.
No alimentemos el miedo; no seamos responsables de inventar una ola de sensaciones irreales. Acallemos nuestro dolor, nuestro miedo, nuestra impotencia.
Que grite Bonafini, la que cambió el dolor por la militancia del odio y el rencor; la del dolor como negocio, que alimenta a ex presidiarios que tuvieron la suerte de estudiar abogacía en la cárcel, a pesar de purgar una condena por matar a sus padres. Suerte que muchos jóvenes no tienen, por falta de posibilidades económicas. Por tener que trabajar decentemente por poco, aún con la voluntad intacta por progresar estudiando.