miércoles, 23 de junio de 2010

200 kilómetros no es nada

Hace mucho frío, la tarde estuvo gris, pero ahora hay un rayo de sol que se filtra entre las nubes. Entré a mi cuarto a buscar una cosa y cuando pasé frente a mi ventana vi a mi hijo Martín con la pala, dando vuelta la tierra para que Josefina, que estaba sentada en el pasto tomando mate, con ese pequeño haz solar sobre sus catorce años, pueda hacer la huerta de aromáticas que siempre quiso.

Hace apenas dos meses que nos mudamos a Mechita, a unos doce minutos (en auto) de Bragado. Disfruto de la paz, y de imágenes como esa, que me mostraba a los dos a gusto.

De pronto entró Daniela, mi mujer. La llamé a la ventana y le mostré lo que estaba mirando. Coincidimos: no nos equivocamos.